La muerte en Somalia de un empleado de una compañía emiratí a manos de Al Shabab da una pequeña pista de la batalla de grandes potencias como China, EE.UU y las monarquías del Golfo por controlar los accesos al mar Rojo.

Paul Anthony Formosa era gerente de una unidad de la firma P&O Ports (subsidiaria del gigante DP World, con sede en Dubái).

Pese a que en 2018 el parlamento somalí prohibió a la compañía seguir operando en el país, esta es responsable de una millonaria concesión portuaria, haciendo caso omiso al gobierno de un país arrasado por la miseria, y continuando sus inversiones.

Formosa murió acribillado a tiros a mano del grupo yihadista somalí Al Shabab, dejando este mensaje: “este ataque forma parte de un plan mayor que tiene como objetivo a las compañías mercenarias que saquean los recursos de Somalia”.

La región de Somalia se ha convertido en un punto estratégico para grandes potencias imperialistas, al igual que los demás países pobres de la zona.

No es casualidad que el 10% del comercio mundial y hasta un 2,5% del crudo pase por la zona desde el mar Rojo al golfo de Adén, llamando a acudir a los países rapiñadores a por su trozo del pastel con total impunidad.

Suakin, en las costas de Sudán, sirve de ejemplo: ciudad olvidada que quieren reflotar Turquía y Qatar con inversiones millonarias. O más al sur, ya en Eritrea, en el puerto de Assab, desde donde, de nuevo Emiratos Árabes Unidos, planea llevar un oleoducto hasta Adis Abeba, en la vecina Etiopía, aprovechando el nuevo acuerdo de paz entre los dos países. O Yibuti, paradigma estratégico de la presencia extranjera en el Cuerno de África, con presencia militar de chinos, norteamericanos, franceses y saudíes.

Mientras que en la mayoría de países del mar Rojo reinan la miseria y el terrorismo, para las grandes potencias no es más que un tablero de ajedrez donde mueven sus fichas y luchan por un reparto del territorio que beneficie más a sus compañías multimillonarias.

Otra prueba más de la naturaleza del imperialismo y sus consecuencias.