Durante la entrega de los premios Príncipe de Asturias, el monarca Felipe VI ha desplegado un sinfín de elogios al texto constitucional de 1978. Aunque sus palabras eran sobre ‘’democracia y libertad’’, había un claro mensaje de gran carga política detrás: ‘’Como una lección de convivencia que dignifica y engrandece nuestra historia […] es lo que representa y significa para España, para el pueblo español’’. Ya en la pasada entrega de este galardón el rey aprovechó para dirigir, tras el 1-O, el mensaje de que mediante la aplicación de la Constitución se solventaría el ‘’inaceptable intento de secesión de una parte de su territorio nacional’’.

A esto se suma su discurso del pasado 8 de septiembre, en el que afirma que Covadonga es el lugar ‘’por la historia de todos, raíz de España’’. Estas palabras ponen de manifiesto que él únicamente reconoce a la España católica, y su supuesto origen en esa cueva frente a la sociedad musulmana que ya llevaba firmemente asentada en la Península varias décadas.

Además, el reconocer como portadora de democracia y libertad una Constitución pactada y firmada por importantes figuras de la dictadura franquista, como lo fue su propio progenitor, Juan Carlos I, quien en un principio debía continuar con la dictadura tras la muerte de Franco, y con la constante presión y miedo palpables en la sociedad a otro golpe de Estado militar, es no querer asumir la situación que vivía el país en aquellos días.

Pocas lecciones de democracia y convivencia puede dar un rey que no ha elegido nadie, cuya familia fue impuesta por un dictador.