Según revela un estudio de la Xarxa Vives d’Universitats, el 54’7% de los alumnos universitarios provienen de familias de clase alta. Esta situación de desigualdad estructural, al menos hasta 2012, era parcheada por medio del sistema de becas. Aun así, ese año, con la llegada de las reformas de José Ignacio Wert hubo un vuelco en los criterios de concesión de las mismas.

Mediante esas reformas el mero aprobado dejaba de ser suficiente para el acceso a beca, sino que había que alcanzar un 6’5 de nota. Además, se establecía como condición que se aprobara un elevado porcentaje de las asignaturas, en algunos casos de hasta el 90%.

Por culpa de esos criterios académicos, más de 45 mil alumnos que cumplen con los niveles de renta para se becarios quedan fuera de estas.

Al no tener esas ayudas económicas, muchos estudiantes se ven obligados a combinar los estudios y el trabajo, lo que perjudica su rendimiento académico y genera un efecto rueda. En principio, la ministra de Educación ha anunciado una reforma en las becas, para que la nota mínima para su obtención sea de 5, pero no ha aclarado qué plazos ni si la parte variable, referente al rendimiento académico, será eliminada o reducida.

Además, el sesgo de clase también afecta a la carrera que se escoge, ya que los alumnos de bajas rentas se suelen desplazar hacia aquellas enseñanzas donde el nivel de exigencia es menor.