El pasado lunes, el presidente de la formación ultraderechista VOX, anunció que no prescindiría ni apartaría de su cargo a Kiko Menéndez Monasterio, quien en 1999 fue condenado por delitos de agresión y lesiones en un altercado producido en 1998 en la Universidad Complutense, donde un colectivo neonazi, en el que se encontraba Kiko Menéndez, agredió a varios jóvenes por motivos ideológicos.

Pese a esta revelación, Santiago Abascal no se ha inmutado. “Es un buen amigo, un buen padre, buen esposo, buena persona y un patriota”, declaró el pasado lunes. También ha reconocido que conocía desde hace mucho tiempo esta situación y cree que ha salido a la luz en este momento para “dañar la imagen” de un hombre por unos hechos de su juventud.

Uno de los jóvenes que sufrió la agresión de aquellos ultraderechistas fue Pablo Iglesias, actual secretario general de Podemos. Según Abascal, eran momentos de “tensión”, ya que, según él, el grupo de Pablo Iglesias “apoyaba a ETA y se mataban a muchas personas”.

La “estelar” carrera de Kiko Menéndez Monasterio es el perfil habitual de militantes de VOX: antiguos ultras y nazis que agredían a quien se les antojase con impunidad, que ahora engrosan las filas de este partido parlamentario de ultraderecha. También es aplicable al caso de Podemos, quienes en su juventud en vez de organizarse adecuadamente, se dedicaban a cometer acciones espontáneas que generaban el rechazo de la opinión pública.

Estos partidos se han dado cuenta de que les sale más rentable discutir en el Congreso de los Diputados cobrando un sueldo que agredirse en las calles. Lo que desde luego no cambia es su nulo interés en preocuparse por los trabajadores y su situación.