El campo de refugiados más grande del mundo resguarda a cerca de un millón de personas, que requieren cuidados médicos. Habitualmente la tarea que desarrollan los médicos de allí no es sencilla, pero ahora con la situación de pandemia internacional en la que nos encontramos, se dificulta muchísimo más.

Médicos Sin Fronteras, presentes en el territorio de Bangladesh, cuentan que han sido capaces de ampliar rápidamente (dentro de las posibilidades que ofrece la difícil circunstancia) sus instalaciones para responder a la pandemia por el COVID-19 en el territorio, ejemplo de ésto son las camas de aislamiento que se han habilitado en las últimas semanas. También en lo referente a médicos, enfermeros y voluntarios, han tenido en cuenta las medidas de prevención básicas y enseñan protocolos para tratar a enfermos de coronavirus.

Sin embargo, hay que ser realistas. Una respuesta médica efectiva contra el COVID-19 requiere más que camas de aislamiento. “Necesitamos suficiente personal y suministros médicos para poder protegerlos y tratar a los pacientes, para garantizar la continuidad de la atención al resto de pacientes y para garantizar la participación y confianza de la comunidad”, explica la ONG.

Antes del comienzo de la pandemia en el territorio, el hospital de Kutupalong atendía normalmente una media que oscilaba en torno a 80 y 100 pacientes diarios, para realizar vendajes y/o curar heridas. Esto se debe a que muchos refugiados tienen heridas crónicas que necesitan de una limpieza y vendaje determinados que prevén las infecciones que les pudieran ocasionar, estos vendajes o curas se realizan en muchos casos cada dos o tres días.

“Actualmente, solo atendemos a unos 30 pacientes de este tipo por día. Sin un tratamiento continuado, es probable que los apósitos se empapen y ensucien, lo que puede provocar sepsis e incluso la muerte en muchos casos”.