El pasado sábado se cumplía el decimonoveno día de manifestaciones en las calles por parte del movimiento francés de los ‘chalecos amarillos’.

En esta ocasión, los disturbios que se habían convertido en un patrón por parte de los manifestantes, especialmente las llamativas escenas de la pasada semana en los Campos Elíseos, estaban ya previstos y prevenidos por parte del Estado francés.

En ciudades como París, las fuerzas represivas francesas contaban con un protagonista hasta ahora ausente: el Ejército. La presencia de los militares en el turbulento statu quo de las manifestaciones vino acompañado por el nombramiento de un nuevo jefe de policía en París. Curiosamente, pese a los numerosos disturbios, la gota que ha colmado el vaso y ha precipitado estas decisiones fue el vandalismo y saqueo de varias tiendas de marcas de lujo en París. Todo menos asustar a los adinerados.

Además de la intimidatoria presencia del Ejército francés y su armamento bélico, el nuevo jefe de policía ha tomado la diligencia de llevar a cabo más de 8.000 retenciones con registro a un número de manifestantes que apenas alcanza los 40.000 en toda Francia. Decenas de detenciones y multas a aquellas personas que invadían los nuevos espacios públicos estratégicos restringidos por orden de la nueva jefatura. Esta combinación es la que ha conseguido que un movimiento desorganizado, como es natural en aquellos movimientos populares espontáneos, haya mantenido un perfil bajo y no haya creado nuevos incidentes en la situación cada vez más recrudecida en Francia, donde, como en casi todo el mundo, asoman las costuras de los gobiernos que legislan para una minoría.